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El chamán de Panamá que te cura todo

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AGENCIAS

No creen en el matrimonio, así que ni se casan ni lucen anillo. Sí en la ceremonia de inicio de la pubertad de las niñas, a las que se aísla durante 15 días antes de presentarla en sociedad pintada de negro de arriba abajo en señal de madurez. También se rigen por los mandatos indígenas de “no ser ocioso, no mentir, no robar”. Y los hombres siguen vistiendo con taparrabos multicolores (o guayuco) como hacían sus ancestros por pura tradición (y comodidad).

Son algunas de las pautas de vida de los emberá quera, una de las siete etnias aborígenes que todavía existen en Panamá. Una de sus comunidades vive a orillas del lago Gatún, donde reciben a los viajeros pintados con la tinta de árboles de la zona como la jagua y el achiote. Los objetivos varían, ya sea para protegerse de los malos espíritus (o invocarlos); hacer que los bebés crezcan fuertes y sanos; lanzar señales a Cupido para enamorar a alguien; mostrar señal de respeto en un funeral; alegría en una fiesta o curarse de la artritis, la tos o hasta la impotencia.

Para eso cuentan con infinidad de plantas medicinales escondidas en la jungla. Desde el nahual al coquillo, el ajimbre o el quitabello, un ungüento que se se extiende sobre la piel y que, como su nombre indica, “hace que no te vuelva salir ni un pelo”, asegura Atilano Flaco, que hace las veces de noko y jaibanaes (chamán o curandero de toda la vida), así que es la persona a la que todos acuden si necesitan hacerse una limpieza energética, incluidos los viajeros que conviven unos días con los emberá.

Flaco también guía las rutas de senderismo que les organizan para que conozcan las especies vegetales y animales de la zona, muchas autóctonas (y en peligro de extinción) como el mono titi o el tucán. No se descarta (más bien, se asegura) ver caimanes durante el periplo, que continúa en la orilla del lago (o “playita”) para darse un baño, pescar o tomar el sol.

De vuelta al poblado de cabañas de hojas de palma y tejados cónicos suspendidas sobre pilares, el viajero suele curiosear entre la ropa tendida multicolor, los montones de cocos,yucas, papayas y plátanos apilados en el suelo (de tierra; nada de asfalto) y las gallinas y algún que otro perro que deambulan de aquí para allá. En el pueblo viven 25 familias (o unas 80 personas), así como los turistas que quieren disfrutar de una inmersión indígena en toda regla, en la que comerán bodichi, generosos pedazos de tilapia y yuca a la brasa envueltos en hojas de palma y acompañados de arroz. De postre, fruta tropical.

En medio emerge una palapa gigante que hace las veces de casa comunal o de la cultura. Es decir, «en ella se organiza la vida de la comundidad, se vota a los jefes a través de asambleas, se celebran las fiestas o ceremonias, se decide en qué se van invertir las ganancias generadas por los turistas o qué castigo otorgar si algún miembro comete una infracción, que no suele pasar…», aclara Jobel Dogirama, uno de los actuales jefes o «noko», que significa líder en lengua emberá.

De hecho, a unos pasos de la casa, en dirección a la espesura tropical, aún se puede ver un viejo artilugio con el que se esposaba de pies y manos a los indígenas deshonestos. Ya no se usa, pero han preferido dejarlo cerca para que la gente se lo piense dos veces antes de hacer algo mal, como aclara Dogirama, al que llaman cariñosamente guineo (un tipo de plátano común por estos lares).

Al lado, en otra construcción de hojas de palma, elaboran y venden las artesanías confeccionadas a mano por las mujeres, las cosas como son, en la mayoría de los casos. Una parte de los beneficios va a su familia en concreto y otra, a la comunidad. La muestra incluye pendientes (aquí, aretes); cestas tejidas con fibras naturales; esculturas talladas con la madera del cocobolo, un árbol local venerado por los indios; o parumas, las telas que usan las féminas a modo de falda y que representan a través de sus colores y dibujos geométricos los elementos de la naturaleza.

“El verde de la vegetación, el azul del mar, los peces, las aves…”, apunta Jeanette Mecha, una de las artesanas, mientras sostiene en brazos a su pequeña Saskia, de nueve meses. También enseña sus técnicas de fabricación de los artículos, fibra a fibra, a los turistas a través de talleres. Después de mostrárselos se une a las danzas tribales en honor a la Madre Tierra, las flores o las montañas. Mujeres y niñas, por un lado. Hombres y críos, por otro. La unión entre ambos grupos llega al final tras una retahíla de invocaciones a golpe de tambores, marimbas, flautas y bongos. Así se despiden.

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