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Editoriales Off 32

Carlos López Arriaga

¿Por qué no le creen?

Cd. Victoria.- Suspicacia, sospecha, burla, son las respuestas dominantes que manifiestan hoy redes y medios ante el anunciado contagio del presidente LÓPEZ OBRADOR.

La mula no era arisca. Permanece fresco en la memoria colectiva un episodio semejante protagonizado por DONALD TRUMP el otoño pasado. Para ser más precisos, el viernes 2 de octubre.

El gigante rubio se encontraba inmerso en una caída dramática de popularidad cuando informó que había contraído el coronavirus. Su campaña perdía potencia ante el desastroso manejo de la pandemia.

La gente no le creyó, las encuestas recabadas al momento retrataron el claro disgusto de la opinión pública norteamericana. Lo vieron como un truco barato que intentaba victimizar al personaje.

Un vano intento por inspirar compasión en un electorado que de sobra conocía su inclinación chapucera a la mentira, la exageración, el embuste.

En respuesta, la desconfianza ciudadana se extendió, retroalimentó y terminó anulando el buscado efecto propagandístico. Aún si el contagio fuera cierto, dejaría en el electorado norteamericano la sensación de farsa, de montaje.

Y como resultado, el tío DONALD solo permaneció hospitalizado un fin de semana. Al siguiente lunes regresó a su actividad normal en la Casa Blanca, sin huella visible de malestar en el semblante.

La coartada tampoco es novedad. El pretexto de “hacerse el enfermito” representa un viejo truco escolar que luego, ya más grandecitos, lo veremos reciclado en el medio laboral.

En casos así la mentira se fragua por holganza o evasión deliberada de responsabilidades. Melodrama fincado en alguna suerte de engaño.

En el comportamiento animal, ante el ataque de un depredador, la especie más débil eventualmente finge estar caída, exánime, vencida, en espera del resquicio, el instante de oportunidad que le permita soltar un mandoble al rostro de su verdugo y salir huyendo.

No es necesario leer a VON KLAUSEWITZ para saber que la estrategia militar incluye maniobras de retirada o repliegue, como medidas de distracción que preceden a una nueva ofensiva.

VOLUNTAD INDISPUESTA

VICENTE FOX sufrió una disyuntiva difícil cuando su colega norteamericano GEORGE BUSH quiso involucrar a las Naciones Unidas en la segunda guerra contra Irak (marzo de 2003).

La decisión dividida en el Consejo de Seguridad de la ONU dependía de un solo voto y era el de México. Rechazar la guerra implicaría recibir el aplauso de los mexicanos, pero quedaría mal con su amigo BUSH y viceversa.

Entre dos fuegos y en conciencia de que no podría quedar bien con una parte sin fallarle a la otra, FOX decidió enfermarse. Un oportuno boletín reportó que sería operado de la columna vertebral para corregir una añeja molestia, en los días definitorios del conflicto.

La historia cuenta que BUSH se cansó de esperar, dio un manotazo en la mesa, hizo a un lado a la ONU y dispuso la invasión por su cuenta, apoyado por un pequeño grupo de gobiernos.

Nadar de muertito, fingirse dormido, reportarse enfermo, indispuesto, ¿cuántas frases hay que describan comportamientos análogos?

Algunas groseras (“hacerle al pendejo”), otras religiosas (actuar “como que la virgen le habla”) o extraídas de la cultura popular (“jugarle al enmascarado”), sin faltar la frase ranchera (“treparse a la barda”), de barandilla (“fingir demencia”) y hasta taurina (“ver los toros desde el burladero”).

Repasando ahora los dos párrafos anteriores cabe regresar a la actitud de FOX ante la guerra en Irak, para luego pensar en el drama de LÓPEZ OBRADOR ante la problemática múltiple, aparatosa, grave, costosa, que sacude hoy al país.

No es para menos. Vamos hacia la elección más grande de la historia, en un entorno de pandemia, que resultó mucho peor de lo esperado y ubica a México entre los gobiernos con más pobres resultados.
La capital, la ciudad del presidente, inmersa hoy en un apocalipsis cotidiano. Gente muriendo, filas para ser admitidos en hospitales, filas para conseguir tanques de oxígeno, filas en las funerarias, para enterrar, cremar y hasta para recibir certificados de defunción.

Y la crisis económica respectiva. Desempleo, cierre masivo de empresas, escasez de circulante, recortes infaustos a las participaciones de gobiernos estatales y municipales.

De paso, tareas de vacunación que no acaban de encaminarse, una patente falta de voluntad presupuestal para acelerar el proceso, al no querer distraer un cinco a sus caprichos (Dos Bocas, Santa Lucía, Tren Maya). La ruindad de sacrificar vidas antes que atemperar sueños personales.

Al mismo tiempo, escándalos de corrupción que involucran a la familia, narcoviolencia que supera en crueldad y número de víctimas a las registradas bajo las administraciones de CALDERÓN y PEÑA.

La lista de males no acaba. Quejas muy sentidas por el uso electorero de las vacunas, esa inexplicable presencia de una entidad proselitista como es “Servidores de la nación”, haciendo roncha partidista junto a las brigadas médicas.

DESGASTE MAYOR

En paralelo, el inevitable choque de trenes entre AMLO y el INE, por aquel marco jurídico que la izquierda promovió cuando era oposición, fijando pautas a la conducta pública de los gobernantes, para prohibirles abordar contenidos susceptibles de ser identificados como propaganda.

Como opositor ANDRÉS MANUEL lo promovió y aplaudió. Vivido ahora desde el poder, se niega a aceptarlo, a cumplirlo, pese a que estas leyes rigieron durante las administraciones de PEÑA y CALDERÓN.

A todas luces, la razón está del lado de la ley y del INE. Lo cual no impide el choque frontal, por la relación francamente adictiva que ha desarrollado el jefe de la nación hacia sus monólogos matutinos.

Y también porque le parece irrenunciable su derecho a cantar las glorias de su gobierno, al tiempo que fustiga a los adversarios y despotrica contra la prensa.

Declararse enfermo, pues, (cierto o no) significa abrir un paréntesis. El presidente de México fue internado en un hospital militar por presunto contagio de Coronavirus, del cual se reporta que tiene síntomas leves.

Las redes arden… ¿pues no decía LÓPEZ GATELL en aquel famoso galimatías que el presidente es una fuerza moral y no una fuerza de contagio?…

¿Y los talismanes, detentes, estampitas milagrosas que protegían al mandatario, mostradas en una de tantas mañaneras, en marzo pasado?

¿Y dónde quedó el dicho de “no mentir, no robar y no traicionar”, reformulado como regla de conducta que protegería a los mexicanos del virus?

Cabe incluso pensar que AMLO efectivamente esté enfermo. Igual le queda el reclamo por los últimos once meses que ha despreciado el uso del cubrebocas, cuando siguió viajando, abrazando gente, en perpetua campaña, en lugar de gobernar.

Pero el tema de hoy es la duda. El rasgo sobresaliente de este episodio es la incredulidad de un sector importante de la opinión pública ante el malestar de un jefe de gobierno.

¿Por qué no le creen?… Por el descrédito de las instituciones, la distancia con que se reciben sus comunicados, la acritud ante sus despachos de prensa, solo en teoría dirigidos a informar.

Sucede, entonces, que la gente no se da por informada. Prefiere responder con sarcasmos, incurrir en el sospechosismo, pensar en cortinas de humo, fábulas mentirosas y segundas intenciones. La sensación de vacío es insoslayable.

BUZÓN: lopezarriaga21@gmail.com

WEB: http://lopezarriagamx.blogspot.com

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