Territorios Baldíos

Editoriales Off 27

El tren

Darío Fritz

La atención humana es frágil. ¿Las noticias del día cuentan lo de todos los días? ¿Políticos marrulleros, deportistas impetuosos, famosillos circunstanciales infumables? Un toque de atención puede romper el sopor: ríos secos, incendios voraces como animales hambrientos, calores de horno de panadero, ganado raquítico. Demasiado encogimiento para el corazón, podrán decir. Para no aburrir aquella fragilidad se requiere de algún golpe de uppercut boxístico a la modorra mental. Busquemos algo totalmente diferente, nos decimos: ¡Un paraguas que tape la luz de sol! ¿Qué tal? ¿Por qué no? Permitiría mitigar la crisis climática mundial, dicen. Cuando más desopilante, más neuronas en movimiento. ¿Costo? Trillones de dólares. Mejor. Información divertida, inasible, obscena. A ver, ¿quién tiene ese billete? ¿Musk, Zuckerberg, Slim, Estados Unidos, China, los europeos? No importa. La información reapareció la semana pasada, siguió a la de hace cinco meses con el lanzamiento de un documento científico, y aún más lejos cuando dio sus primeros indicios en 1989.

Por donde se la vea suena inverosímil. La idea es colocar entre el Sol y la Tierra dos sombrillas gigantes o varias de diversas medidas, del tamaño de México y Centroamérica juntos, que reduzca 1.5 grados Celsius la temperatura global -es la que prácticamente ha aumentado desde la era industrial y ya la padecemos en desertificación, incendios, tormentas extremas, veranos insoportables-, algo así como el dos por cientos de la radiación solar. La idea -uno de sus financistas es Bill Gate-, aunque alocada como puede sugerir, no es la única: las hay desde lanzar polvo al espacio, crear burbujas espaciales, anclar un gran escudo a un asteroide, inyectar aerosoles en las nubes para aumentar la refracción de los rayos solares o fertilizar los océanos para que puedan capturar más CO2. Al fin, los frágiles paliativos lo único que hacen es plantearse desesperados ante las apatías gubernamentales de los países ricos -asociadas a intereses empresariales- por hallar soluciones a la explotación y consumo de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón). Ningún científico aventura prontas soluciones como estas, mientras tanto en el día a día y sobre la faz de la Tierra nos seguiremos derritiendo, con menos agua, más catástrofes naturales y fraguando mayor desigualdad social.

Esas fragilidades humanas -supongo que la dominación del espacio extraterrestre lo es también-, se suelen cebar incluso entre ambientalistas con las mejores intenciones. Una serie de documentales de Apple TV, sobre innovación en arquitectura, muestra una vivienda enmascarada sobre el barranco de un monte extensísimo y bello en Sudáfrica, donde una pareja de retirados y su hijo la han erigido sencilla, fusionada a su entorno, sin el menor daño, dicen, sobre el ecosistema de la reserva donde habitan 270 especies de árboles, mil de flores, 340 de aves, cerca de un centenar de tipos de mariposas y libélulas.
En ese mar de naturaleza, de verdes difusos, focos de agua cristalina, visitados por serpientes y monos, a su regocijo arrogante por lo que disfrutan, cabe preguntarse, ¿qué pasaría nada más que con un centenar de vecinos como ellos se instalaran en esa barranca y los alrededores con toda aquella exuberancia nativa?
La desigualdad no siempre es alimentada por poderes excluyentes y retrógrados.

Como tampoco los poderes excluyentes y retrógrados están únicamente radicados entre aquellos que ensañan codicia, indiferencia, derroche. Cada vez que alguien se suba al Tren Maya y esté informado de las fragilidades ecológicas y naturales sobre las que se asienta, podrá constatar su referencia.

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